RAFAEL CARRASCO
Se cumplen cuatro siglos de la expulsión de los moriscos, los descendientes de los mudéjares o musulmanes españoles cristianizados por la fuerza a principios del siglo xvi. Los dictados reales que a partir de 1609 la hicieron posible arrojaron del país a 300.000 españoles, condenados desde hacía un siglo a vivir como extranjeros en su patria. ¿Por qué, tras la Reconquista, la España «trinacional» en la que coexistían, en frágil convivencia, tres religiones la judía, la musulmana y la católica, emprendió una dinámica implacable que acabó con la destrucción de las dos primeras? ¿Qué imperativos políticos avalaron el ascenso imparable de los «cristianos viejos» frente a los judeoconversos y los moriscos? ¿Cuál fue el papel de la Iglesia católica y, en particular, de la Inquisición en este controvertido e ignominioso proceso? ¿Cuáles fueron sus efectos en la demografía, la economía y la cultura de la España moderna? Aquella deportación masiva, ordenada por un soberano católico, Felipe