RAFAEL ARJONA
El matarife es quizás una de las novelas más profunda y genuinamente hispanas que se hayan publicado en esta colección, aunque probablemente sus referencias literarias inmediatas remitan a autores tan universales como Georges Bataille o Witold Gombrowicz, por ejemplo. Arranca, de hecho, de fantasías muy arraigadas en el alma de una España remota, casi mítica, estigmatizada por una especial vivencia del sexo, de la sangre y de la muerte. «Cuando maté mi primera ternera, no tenía más que diecinueve años. Lo hice porque, desde mi nacimiento, estaba destinado a ser matarife, como entonces lo era mi padre y como antes lo habían sido mi abuelo y mi bisabuelo.» Hijo enclenque de un padre «inmenso», terrible, tuvo que someterse al ritual sangriento del relevo la alternativa, dirían los taurómacos en el oficio familiar. Pero, contrariamente al padre, el hijo no tarda en convertir el acto brutal y mecánico de dar muerte en una grandiosa ceremonia orgásmica, en la que sangre y gozo se f