La saragata

29 MAY

Cases d’algú

Per Esther Riba Puértolas
Cases d’algú

Las casas que habitamos forman parte de nosotras, de nuestros miedos, de cómo somos y avanzamos. Hablan por sus huéspedes o lo callan todo. Pueden convertirse en refugio, en salvavidas, o en trampas terribles. Cabe de todo en pocos metros cuadrados. Repasamos siempre los lugares que nos han dado lecho, sean de propiedad o de alquiler, sean para largos o cortos plazos. Sabremos el hule que cubría la mesa en aquella discusión, la cortina a medio correr, cómo entraba el sol por la ventana en aquel piso delante del río en Solsona, cómo iluminaba aquella noche la farola al sonar el teléfono con una noticia salvaje. Escribimos listas de los momentos vividos en esas estancias y estos constituyen los recuerdos. Convierten esos hogares en buenos o malos. También juzgamos a las paredes, también.

 

Tras la muerte de mi madre aquel piso se convirtió en una trampa para mí. Crecí y me hice Esther allí dentro, cierto, pero también me disocié y me perdí para siempre. Estos meses, parece que por decisión del destino (no sé ya si de las velas, de lo que está escrito o que yo he ido en su busca) he pasado por distintos libros que ponían la CASA sobre la mesa.

 

A veces nos creemos que los otros habitan espacios perfectos. Instagram ha hecho que romanticemos con las casas de los demás. Imaginamos paraísos donde reina la decoración exquisita y, sobre todo, donde estalla una felicidad aplastante. Quizá por eso la madre y la hija de «Nada de esto», el primer relato de Samanta Schweblin en «Siete casa vacías», van de casa en casa ajenas para comprobar qué poseen o dejan de poseer las demás. Nuestros espacios dicen mucho de nosotros, a quién no le ha pasado que descubriendo el hogar de alguien le cambia la concepción entera de su persona. No me creeré quién me diga lo contrario.

 

Releída la novela gráfica de Paco Roca, «La casa», y visualizada la película; son ambas punzadas nostálgicas. A veces no somos capaces de soltar los recuerdos que pintan los muros. Las viñetas se quedan ahí, nos mantenemos inmóviles dentro de los márgenes, y pensar en desprenderse de esos lugares nos destruye. Pero ¿hasta cuándo hay que exigirse mantener un espacio que ya no es hogar sino un recuerdo tan solo?

 

Jesús Carrasco no escribe simplemente un elogio a las manos, sino que construye un argumento para el vivir «de apaños». Leedlo, asentiréis y os producirá una catarsis tan bonita que viviréis donde estéis de otra manera. He pensado mucho en los lugares en los que he habitado y que sabía que no eran definitivos. En cómo se transita distinto por ellos, en cómo la intensidad a veces es más elevada porque sabes que no es tuyo, que te vas, que todo lo que vivas ahí quizá no lo repitas. Lo que leas, lo que comas, lo que plantes, lo que sientas quedará allí y quizá no puedas regresar… Saber que puede ser tu paraíso tan solo por el hecho de que es pasajero. «Me di cuenta de que aquella era mi Toscana y sonreí porque, al final, a mí también me habían venido los nenúfares y los cipreses que en mi caso no eran otros: una parra y un tendedero para la ropa».

 

Y parece que salto de un párrafo bello a uno terrorífico, pero el hogar no deja de ser eso (lejos de Instagram). También puede convertirse en un ente que nos obligue a escondernos, a reclamarnos un pensamiento o una acción que nos lleve al otro lado. En ocasiones esas cuatro paredes también nos encierran y pervierten, nos anulan y sepultan. ¿A quién no se le ha caído la casa encima? El relato de Olvido en «Olor a hormiga», escalofriante debut en la novela de Júlia Peró, nos deja ese regusto acurrucadas, hechas bola, en el recibidor. «Desde que la chica no viene a verme, parece que la casa haya encogido. Más pequeña, la casa. Como si hubiera perdido un trozo.  Y su antes de conocer a la chica ya me costaba salir de este piso, ahora que ella no está lo que me cuesta es salir al recibidor. La chica se lo ha llevado con ella. Debo de padecer de miedo al recibidor y ya ni me miro en el espejo de la entrada, el del armario empotrado, y ya no barro ni limpio el polvo y este se acumula hasta en la mirilla. Y así, en ese recibidor, todos los males». Y así en cada casa el mal y el bien.

 

Referencias

SCHWELIN, Samantha (2015). «Siete casas vacías»: Páginas de espuma.

ROCA, Paco (2015). «La casa»: Astiberri.

CARRASCO, Jesús (2024). «Elogio de las manos»: Seix Barral.

PERÓ, Júlia (2024). «Olor a hormiga»: Reservoir Books.

 

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