MILLER, A.
Cuando Dios creó el Jardín del Edén, concibió una situación cruel. Obsequió a Adán y Eva con el Árbol de la Ciencia, pero les prohibió saborear sus frutos. El Padre supremo castigó la desobediencia de sus hijos infligiéndoles grandes sufrimientos y dolores. Este paraíso --donde la sumisión se consideró una virtud, la curiosidad un pecado y el desconocimiento del bien y el mal un estado ideal-- tiene similitudes fatales con el que suele albergar el principio de la vida humana y que comúnmente calificamos como «paraíso de la infancia». Cada vez que el niño desobedece los mandamientos de los padres-dioses, es castigado, cuando no azotado, y por si fuera poco se le hace creer que es por su propio bien. Pero ¿qué sucede con la ira y el dolor que este niño debe reprimir si, además, le obligan a aceptar el maltrato físico y psíquico como una obra de caridad? Las primeras experiencias emocionales dejan huella en el cuerpo, se codifican como un tipo determinado de información y, al llegar la edad adulta, influyen en n