La saragata

24 DIC

EL LUGAR DONDE MUEREN LOS PÁJAROS

Por Mireia Otín Ros
EL LUGAR DONDE MUEREN LOS PÁJAROS

En el relato «Un cementerio con palmeras» la señora Teresa escucha un ruido y piensa que viene del televisor. En realidad no sabe muy bien lo que es. «El pitido, le digo, ¿o es un llanto, alguien que grita?». Entonces coge y desenchufa la tele, pero el ruido sigue presente y a ratos se intensifica como si se tratara de una especie de lenguaje indescifrable. Ella le pone varias mantas encima al televisor, lo amordaza. No hay manera y se dedica a vagar con sus achaques por el edificio en busca del origen, pregunta puerta por puerta a los vecinos, preocupada.

 

De presencias agotadoras y persistentes también sabe Inés en «La piel sensible», Hernán su expareja fallecida, se le aparece medio traslúcido. Siempre que consigue distinguir su silueta hay un malestar que se instala en su cuerpo. Inés llega a enfrentarlo, pero Hernán abre la boca y de ella no sale ningún sonido. Si la niebla persiste o se invoca es una duda que queda en el aire cuando tiene la posibilidad de empezar de cero y Nicolás se suma a su ecuación borrosa.

 

En «Variables» Silvana es la reina de las cifras y de cuadrarlas con exactitud en cada informe. También es madre de «una pequeña masa inquieta» que perturba su rendimiento y sus horas de teletrabajo. ¿Qué tipo de perturbación tiene lugar cuando la música no suena pero se incrusta en los cerebros de millones de humanos? Un montón de naves han aterrizado en diferentes lugares del globo y unos extraterrestres sonrientes y simpáticos han aparecido en directo en el televisor. El protagonista de «Los Täkis» siente la necesidad de bailar esa música y quiere dejarlo todo para hacer cola y llegar a conocerlos. La memoria como herida abierta no deja descansar a Josefina en «Los hombres van a la guerra», pero el dedo pequeño del nieto de Norberto se acerca para tocar la cicatriz que le han dejado en el pecho en «El primer sábado de cada mes». Hay un flujo de personas en «Zoológico» que apuntan con sus móviles a las jaulas donde están los salvajes. El todo y la nada, los gritos y el vacío, un mundo en un grano de arena y las dos hermanas del último relato «El lugar donde mueren los pájaros» no paran de abrir agujeros en la tierra.

 

La muerte es así, se la pasa dando vueltas. El movimiento como onda se propaga por estos relatos y la sensación es de que no avanzas a través de la lectura de forma lineal sino que todo se reescribe y realimenta, los significados mutan ampliándose. Cuando Malena le desenchufa la televisión a su novio en «Los Täkis» te parece haber visto el mismo gesto en Teresa que busca silenciar el ruido. Teresa sale al balcón a ocuparse de las plantas y casi puedes escuchar el tiesto cayendo desde el balcón de Silvana. Tomás Downey es capaz de crear estas realidades donde la extrañeza que brota de lo cotidiano sacude, la mordida resulta inevitable y los ecos van formando una sintonía que es principio y final, las líneas, los círculos, acaban difuminándose como en la superficie del agua.

 

El último da nombre al libro, que abre con una plegaria a tres voces y se cierra en la noche más oscura, todo en él es círculo y redondez. Una prosa depurada y un estilo que dan vida a los personajes más allá del margen de las palabras, se quedarán a vivir en tu cabeza y, para cuando quieras darte cuenta, no podrás, no sabrás cómo echarlos y tendrás que ponerles también una silla en la mesa de Navidad.

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